jueves, octubre 24, 2013

RECORDANDO A LIL MILAGRO RAMIREZ, PARTE I

El pasado 17 de octubre se cumplieron 34 años, del asesinato por parte de las fuerzas represoras de la tiranía militar, de Lil Milagro Ramírez, una de las intelectuales revolucionarias más celebradas de la historia de nuestro país. 

Inteligente, revolucionaria y poeta, la malgama perfecta para establecer un cambio en la vida social de un país que, como El Salvador, urgía de los líderes que lo implementaran. A 34 años de su martirio, el cambio sigue igual de urgente.

Aquí, la carta que la poeta le enviara a su padre, explicándole las razones por las que se lanzó en cuerpo y alma a la lucha revolcionaria y el clandestinaje. Un documento de trascendencia en la historia del país.

Lil Milagro Ramírez en su graduación de bachiller del Instituto Miguel de Cervantes de San Salvador

Agosto de 1971
(carta manuscrita) I Parte

Querido Padre:

¿Con qué palabras puede una hija que sabe el sufrimiento de sus padres dirigirse a ellos? ¿Con qué derechos? Y sin embargo, yo sé lo noble que son ustedes y no dudo que en el fondo de su corazón me han buscado mil excusas, han querido justificarme, se han desesperado por comprenderme y analizar mi proceder a partir de aquel 25 de julio en que tú me viste abordar un avión cuyo destino ignorabas.

Tengo en contra mía que en los últimos años muy poco nos comunicamos directamente, yo fui sufriendo un proceso de maduración política y personal del que ustedes sólo vieron algunas manifestaciones y aquella mi decisión que entonces debió haberles parecido repentina y que no parecía guardar relación alguna conmigo no era más que la búsqueda de un camino que hacía bastante yo había presentido, el camino de mis ideales, de mis principios; porque ya no puedo, padre, ser hipócrita conmigo misma, y cuando me convencí plenamente de que en América Latina hacía mucho que había comenzado a librarse una batalla a muerte en contra de la opresión, la explotación y el imperialismo, y cuando me di cuenta que mi país, lejos de ser la excepción, sufría en carne propia ese miserable destino, me sentí profundamente responsable.

A mí la vida me había dado tanto, un hogar, una inteligencia, unos padres que me formaron moralmente y me pusieron en el camino de la cultura y la instrucción, que me enseñaron a amar la verdad y la justicia, que me demostraron que no son el dinero ni las comodidades materiales lo que forja a una persona, y una conciencia que me indicaba un camino a seguir, ¿podía yo dar la espalda a todo lo que predicaba? Definitivamente que no. Cuantas veces en la universidad, en mis artículos, en los mítines, en los programas de radio y en las conversaciones personales con los demás no dije que había que luchar, no reconocía que Camilo y el Che eran un ejemplo que debía seguir? ¿No me enseñó mi madre a admirar y amar a Simón Bolívar, el libertador e inspirador de toda lucha de liberación americana?

Pero las palabras no bastan cuando uno es sincero y cree honestamente en lo que dice y admira la obra de quienes han vivido de acuerdo a lo que piensan, no queda otro camino que actuar en consecuencia, aunque los sacrificios sean grandes y dolorosos; porque en ningún momento voy a negarte lo duro que es estar separado de ustedes y de todo lo que me era tan querido, sobre todo cuando llegan las fechas de los cumpleaños, de los aniversarios, de las fiestas familiares que siempre celebramos unidos; pero así mismo, soy sincera al confesarte que si me hubiera quedado, desoyendo cobardemente la voz de mi conciencia, si me hubiera escudado en mis comodidades, si no hubiera tenido el valor de renunciar a la vida cómoda que me prometía mi profesión, me hubiera sentido profundamente humillada, y lo que es peor, andando el tiempo me hubiera convertido en uno de tantos profesionales que tan despreciables me parecen ahora, porque después de haberse pasado su juventud gritando y protestando, al doctorarse, al establecerse, comienzan a ceder a sus “errores del pasado”.

Se califican así mismo de quijotes y traicionan lo más puro que hubo en sus vidas y terminan por claudicar, y unos hasta se ponen voluntariamente al servicio delos regímenes que ayer, cuando eran capaces de desenmascararlos, no dudaban en golpearlos, encarcelarlos y matarlos si era necesario. Yo no quería ser eso padre, te aseguro que sentía una angustia muy grande al verme casi de manera inevitable en camino de ser una tuerca más de ese odioso sistema capitalista y burgués al que no quería servir, pero en el cual me encontraba ya metida. Nadie puede echarme en cara que yo no tratara de luchar en diversas formas, desde los 20 años en la universidad, cuando opté por un cargo estudiantil, ¿recuerdas que nos tocó la primera huelga de ANDES? Fui una de las que más se entregó en aquella batalla y mis sentimientos de frustración e impotencia comenzaron a formarse al ver que al pueblo indefenso que pedía justicia se le respondía con la represión y la muerte.

Yo no voy a poder olvidar nunca, aquella manifestación de duelo cuando llevamos al cementerio el cadáver de los obreros asesinados por la guardia. Tú me acompañaste entonces, me ayudaste a llevar la bandera de la Facultad porque ningún otro estudiante había tenido valor para asistir al desfile por miedo a la represión del gobierno; esas fueron las primeras veces en que reflexioné en este país y sus condiciones políticas. Comencé a ver claro que los estudiantes no íbamos a ser capaces, desde nuestro alto sitial universitario de llevar a cabo un cambio revolucionario; tampoco olvido que tú ya me lo habías advertido, tu habías pasado por esa experiencia de ver como los falsos líderes universitarios arengaban al pueblo, y como este pueblo respondía con valor en todo momento, pero al llegar la hora de las pruebas en los momentos culminantes, cuando se sentía en las espaldas el calor de los fusiles, esos “líderes” de salón se escondían y se protegían de la cárcel y de la muerte, mientras el pueblo era masacrado una vez más, ¿no fue así que ocurrió en los tiempos en que tú luchabas contra la tiranía de Lemus?

Yo no quería tampoco ser payaso ni falso líder, yo no quería engañar al pueblo y llamarlo a luchar con las manos vacías para esconderme en el momento del enfrentamiento. La universidad era un refugio, un escondite, una protección, creí entonces que había que buscar otro camino, no fue una reflexión que hiciera yo sola, para entonces tenía mi grupo social cristiano en la universidad y había en él personas que hablaban el mismo lenguaje que yo, que sentían la misma decepción y que veían con claridad los mismos problemas y se esforzaban por hallar una solución.

Casi todos estábamos en los últimos años de nuestras carreras universitarias, habíamos batallado en la universidad porque creíamos que era un deber revolucionario cambiar las estructuras universitarias, y despojarlas de sus ropajes de falsedades para hacer un estudiantado combativo que diera al país profesionales honestos, pero aquella lucha dolorosa no tenía destino porque estaba aislada, y llegamos a una conclusión irrefutable: la universidad no era más que el reflejo de lo que ocurría en todo el país, a ella sólo tenían acceso los privilegiados, los hijos de los obreros y los campesinos jamás iban a llegar a ella y aunque se le diera vuelta a la universidad entera, no iba eso a cambiar en nada las condiciones socio-económicas del país, y aunque se formaran profesionales revolucionarios estos al salir servirían al sistema capitalista y no al pueblo, nadie mejor que un estudiante de derecho para darse cuenta que en la Facultad de Jurisprudencia te enseñan a defender la propiedad privada y los privilegios de las clases dominantes, te preparan para ser un buen defensor del sistema burgués y capitalista en que vive el país, pero se cuidan muy bien de hablarte de los derechos del pueblo, de leyes agrarias, de la obligación de luchar por la superación del pueblo. Decidimos entonces que había que pasar del plano meramente estudiantil al plano nacional.

¿Qué hacer? ¿Crear un nuevo partido político o afiliarnos a algunos de los ya existentes? Consideramos con sobrada razón que no éramos una fuerza suficiente para dar nacimiento a una nueva entidad, carecíamos, además, de experiencia, y por otro lado, nos pareció que no era conveniente dividir aún más lo que para entonces eran las “fuerzas de oposición”, como social cristianos, nos sentíamos ideológicamente inclinados por la democracia cristiana, pero no creas que no teníamos en contra del PDC muy serias críticas y aquí debo confesarte que yo sabía perfectamente que tú tenías la razón cuando me acusabas de estar en un partido de pequeños burgueses que no iban a hacer la revolución, sin embargo, creía que parecía haber una nueva oportunidad en la juventud, la JDC, después de todo, parecía ser un organismo de choque dentro del partido, fue entonces cuando se me dio también la oportunidad de mi viaje por Sudamérica, aquello fue algo definitivo, que terminó de darme elementos para madurar mi pensamiento político y social.

Ví con mis propios ojos que toda América se batía por su liberación. El viaje me fue gestionado porque yo había pedido mi ingreso a la Juventud Demócrata Cristiana (JDC) y me enviaron a un seminario de formación; es irónico, yo que estaba comenzando a entrar en la Democracia Cristiana (DC) aprendí en ese seminario que tampoco ese era el camino, me debatí en muchas confusiones. En el curso que recibimos conocí a una chica argentina “Elvira”, ¿recuerdas? (Tanto como yo te hablé de ella en mis cartas) que era de la juventud Cordobesa (la patria del Che) y estudiante de leyes como yo, aquella sí era una ferviente combatiente del socialismo, de ella aprendí mucho más que de todas las clases que nos impartieron los señores del gobierno, yo me hice la tonta ilusión de que si bien, “los viejos” del partido en toda América estaban con una dirección francamente desarrollista, la juventud representaba una cara nueva, hablaban como aquella chica argentina que decía verdades como templos y durante todo el curso fuimos unas ardientes jovencitas y nos encaramos con todos los profesores atacando todo lo que nos parecía reaccionario y a lo que nos olía a influencia del desarrollo capitalista. 

También había allí una chica peruana y una guatemalteca que me hicieron admirarlas por sus posiciones de izquierda, y así fue que a pesar de la decepción que me dieron los gobierno de DC en Chile y Venezuela mi contacto con la juventud desde aquellos partidos me hizo creer en el espejismo de que las juventudes podíamos luchar dentro de los partidos y obligarlos a orientarse hacia un verdadero esquema socialista.

En los últimos días de mi viaje, sobre todo en Santiago de Chile, presencié un fenómeno que me hizo pensar, pero que no fue lo suficientemente analizado por mí, porque ya había decido ingresar a la juventud DC de El Salvador, se trataba de que la juventud Demócrata Cristiana de Chile se había dividido y un buen grupo de los mejores elementos renunciaban al partido por no representar los intereses socialistas del pueblo, lo mismo ocurría en Argentina y Venezuela e igualmente en Colombia, donde además se había formado el grupo “Golconca” de sacerdotes y socialcristianos, en su mayoría, que apoyaban las guerras y seguir el ejemplo del cura Camilo Torres.

Sin embargo, yo no estaba del todo madura para formarme una idea exacta de todo aquello con relación a mi país, lo que comprendía claramente, eso sí, era que sólo en forma organizada sería posible hacer algo valioso, pero, yo desconocía la realidad política de mi país, me había pasado todo el tiempo en la universidad y no había vivido la política nacional, no tenía experiencia al respecto, y en el fondo temía que si me declaraba en contra de la DC me iba a tener que quedar en el aire, porque en el país sólo habían dos alternativas: la DC o el Partido Comunista, este último me había decepcionado profundamente a través de sus actuaciones en la universidad, te asombrará si te digo que los dos primeros años de universidad estuve a punto de enrolarme con AEU, la fracción marxista de Derecho, creo que era, entonces, el grupo que despertaba mi simpatía, pero con el correr del tiempo me di cuenta que por mucho que se dijeran revolucionarios no lo eran, vivían igual o mejor que los burgueses y tenían actitudes contradictorias entre sus ideas y su vida; eran quizás más honestos los socialcristianos, tampoco me preocupé mucho por profundizar en los fundamentos ideológicos de la doctrina política y del marxismo, como en la práctica los veía tan decepcionantes no me atrajeron nunca más y aunque no fui anticomunista y tuve muy buenos amigos entre los camaradas, me situé con el grupo de socialcristianos donde al menos se trabajaba con sinceridad y entusiasmo y porque de veras estábamos empeñados en buscar el verdadero camino de la revolución que llevaría al país a la construcción del socialismo.

Hubo entonces algo más, mientras yo estaba en Chile se desató aquí una guerra estúpida, fue el primer hecho político que me tocó analizar desde una nueva perspectiva, me vi obligada a hacer un serio recuento de la vida política del país, porque en Chile la gente es altamente politizada y no puedes contestar tonterías ni dar respuestas evasivas, me esforcé lo indecible por buscar las razones reales, las causas de un conflicto tal y mi análisis aunque débil y carente de muchos elementos de juicio, no estuvo del todo equivocado, llegué a la conclusión de que siendo como eran El Salvador y Honduras, dos países sometidos a los intereses de la oligarquía criolla y el imperialismo norteamericano, esa guerra tenía necesariamente que ver con ellos, dije que a mí me parecía que los ejércitos y los gobiernos altamente desprestigiados, creían ver en este conflicto (provocado o no por ellos mismo, recordé a Julio Rivera y su metida de patas de enviar soldados a la frontera) una buena oportunidad de justificarse, de solidificarse como institución y de garantizarse muchos años más en el poder.

Mi sorpresa no tubo límites cuando volví y encontré a todo el mundo en “psicosis de guerra”, me consideraron poco menos que traidora, mamá me llamó comunista o algo peor, porque al fin y al cabo, los comunistas, aunque habían comenzado diciendo lo mismo que yo, habían terminado por seguir la corriente y estaban de acuerdo con la guerra (otra prueba más de lo que eran sus argumentaciones ideológicas). Esa misma noche de mi regreso comprendí el abismo que había entre mi forma de pensar y la de mis familiares y amigos, opté por callarme, pero me mantuve firme y no me dejé engañar por la campaña publicitaria, el tiempo ha venido a darme la razón, la guerra fue un engaño y tan solo dio beneficios al ejército y los gobiernos títeres de ambos países, y a los otros les dejó organizado un centro nacional de informaciones que es ahora un asqueroso instrumento al servicio de la ideología burguesa y que controla todos los medios de difusión para lavarle el cerebro a todo el mundo como lo hizo en tiempo de la guerra.

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